El hombre rebelde

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Pero ¿un mundo sin leyes es un mundo libre? Tal es la pregunta que plantea toda revuelta. Si hubiera que pedir la respuesta a Bakunin, no sería dudosa. Aunque se opuso en toda circunstancia, y con la más extremada lucidez, al socialismo autoritario, desde el momento en que definió personalmente la sociedad del futuro, la presentó, sin preocuparse por la contradicción, como una dictadura. Los estatutos de la Fraternidad Internacional (1864-1867), que redactó él mismo, establecen ya la subordinación absoluta del individuo al comité central, durante el tiempo de la acción. Lo mismo ocurrirá en el tiempo que suceda a la revolución. Esperaba para la Rusia liberada «un fuerte poder dictatorial […], un poder rodeado de partidarios, iluminado por sus consejos, reforzado por su libre colaboración, pero al que nada ni nadie ponga límites». Bakunin, igual que su enemigo Marx, contribuyó a la doctrina leninista. El sueño del imperio eslavo revolucionario, por lo demás, tal como fue evocado por Bakunin ante el zar, fue el mismo, hasta en los detalles de frontera, realizado por Stalin. Salidas de un hombre que había podido decir que el motor esencial de la Rusia zarista era el miedo y que rechazaba la teoría marxista de una dictadura de partido, tales concepciones podían parecer contradictorias. Pero dicha contradicción mostraba que los orígenes de las doctrinas eran en parte nihilistas. Pisarev justificó a Bakunin. Éste quería ciertamente la libertad total. Pero la buscaba a través de una total destrucción. Destruirlo todo es condenarse a construir sin fundaciones; después hay que mantener las paredes en pie con la fuerza de los brazos. Quien rechaza todo el pasado, sin conservar nada de lo que puede servir para vivificar la revolución, se condena a no encontrar justificación sino en el futuro y, mientras tanto, encarga a la policía justificar lo provisional. Bakunin anunciaba la dictadura, no contra su deseo de destrucción, sino en conformidad con él. Nada podía detenerlo, en efecto, en este camino, puesto que en la hoguera de la negación total se habían fundido también los valores éticos. Por medio de su Confesión al zar, abiertamente servil, pero que escribió para quedar absuelto, introdujo espectacularmente el doble juego en la política revolucionaria. Por medio de ese Catecismo del revolucionario, que se supone redactó en Suiza, con Necháiev mismo, dio una forma, aunque posteriormente hubiera de renegar de él, a este cinismo político que no cesaría de pesar ya en el movimiento revolucionario y que el propio Necháiev ilustró de modo provocador.


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