El hombre rebelde
El hombre rebelde Figura menos conocida que la de Bakunin, más misteriosa aún, pero más significativa para nuestro tema, Necháiev llevó la coherencia del nihilismo tan lejos como se podía. Esta mente era casi sin contradicción. Apareció hacia 1866 en los medios de la intelligentsia revolucionaria y murió oscuramente en enero de 1882. En este corto espacio de tiempo, nunca dejó de seducir: los estudiantes a su alrededor, Bakunin mismo y los revolucionarios emigrados, los guardianes de su cárcel, por último, a los que logró introducir en una insensata conspiración. Cuando apareció, era ya inquebrantable en lo que pensaba. Si Bakunin quedó hasta tal punto fascinado por él que consintió en encargarle misiones imaginarias, fue porque reconocía en aquella figura implacable lo que él había recomendado ser y, en cierto modo, lo que hubiera sido él mismo si hubiese podido curarse de su enfermedad cardiaca. Necháiev no se había contentado con decir que había que unirse «al mundo salvaje de los bandidos, aquel verdadero y único medio revolucionario de Rusia», ni con escribir una vez más, como Bakunin, que en lo sucesivo la política sería la religión y la religión la política. Se había hecho el monje cruel de una revolución desesperada; su sueño más evidente era fundar la orden asesina que permitiría propagar y hacer triunfar por fin a la divinidad negra a la que había decidido servir.