El hombre rebelde
El hombre rebelde Tendremos que examinar este límite, o sea el tiempo de los verdugos filósofos y del terrorismo de Estado. Pero, entre tanto, los rebeldes de 1905, en la frontera en que se mantienen, nos enseñan, en medio del estruendo de las bombas, que la revuelta no puede conducir, sin cesar de ser revuelta, a la consolación y a la comodidad dogmática. Su única victoria aparente consiste en vencer al menos a la soledad y a la negación. En medio de un mundo que niegan y que los rechaza, tratan, como todos los grandes corazones, de rehacer, hombre tras hombre, una fraternidad. El amor que se tienen recíprocamente, que hace su felicidad hasta en el desierto del penal, que se extiende a la inmensa masa de sus hermanos sojuzgados y silenciosos, da la medida de su desamparo y su esperanza. Para servir a este amor, necesitan antes matar; para afirmar el reinado de la inocencia, aceptar cierta culpabilidad. Esta contradicción no se resolverá para ellos hasta el momento último. Soledad y caballería, desamparo y esperanza no se superarán más que en la libre aceptación de la muerte. Ya Jeliabov, que organizó en 1881 el atentado contra Alejandro II, detenido cuarenta y ocho horas antes del crimen, había pedido que se le ejecutara al mismo tiempo que al autor real del atentado. «Sólo la cobardía del gobierno —dijo en su carta a las autoridades— explicaría que no se alzara más que una horca en vez de dos». Se alzaron cinco, una de ellas para la mujer a la que amaba. Pero Jeliabov murió sonriendo, mientras que Ryssakov, que había flaqueado durante los interrogatorios, fue arrastrado al patíbulo medio loco de terror.