El hombre rebelde
El hombre rebelde Era porque habÃa una especie de culpabilidad que Jeliabov no aceptaba, y que sabÃa que la recibirÃa, como Ryssakov, si se quedaba solo después de matar o de haber hecho matar. Al pie de la horca, SofÃa Perovskaia besó al hombre al que amaba y a sus otros dos amigos, pero se apartó de Ryssakov, que murió, solitario, como un condenado por la nueva religión. Para Jeliabov, la muerte en medio de sus hermanos coincidÃa con su justificación. El que mata sólo es culpable si consiente en vivir aún o si, para vivir aún, traiciona a sus hermanos. Morir, por el contrario, anula la culpabilidad y el crimen mismo. Charlotte Corday gritó a Fouquier-Tinville: «¡Oh, el monstruo, me toma por una asesina!». Era el desgarrador y fugaz descubrimiento de un valor humano que se hallaba a medio camino entre la inocencia y la culpabilidad, entre la razón y la sinrazón, entre la historia y la eternidad. En el instante de tal descubrimiento, pero sólo entonces, les llegaba a esos desesperados una paz extraña, la de las victorias definitivas. En su celda, Polianov dijo que le hubiera sido «fácil y dulce» morir. Voinarovski escribió que habÃa vencido el miedo a la muerte. «Sin que tiemble un solo músculo de mi cara, sin hablar, subiré al patÃbulo […] Y no será una violencia ejercida sobre mà mismo, será el resultado totalmente natural de todo cuanto he vivido». Mucho más tarde, el teniente Schmidt escribirÃa también, antes de ser fusilado: «Mi muerte lo completará todo y, coronada por el suplicio, mi causa será irreprochable y perfecta». Y Kaliayev, condenado a la horca tras haberse alzado en acusador ante el tribunal, Kaliayev que declaró con firmeza: «Considero mi muerte como una protesta suprema contra un mundo de lágrimas y de sangre», escribió aún: «A partir del momento en que me vi tras los barrotes, no sentÃ, ni por un instante, el deseo de permanecer del modo que fuera con vida». Su deseo serÃa satisfecho. El 10 de mayo, a las dos de la madrugada, marcharÃa hacia la única justificación que reconocÃa. Vestido enteramente de negro, sin gabán, tocado con un sombrero de fieltro, subió al patÃbulo. Al padre Florinski, que le tendÃa el crucifijo, el reo, apartándose de Cristo, le contestó solamente: «Ya le dije que he terminado con la vida y que me he preparado para la muerte».