El hombre rebelde
El hombre rebelde En cuanto a la necesidad de la evolución, Augusto Comte da, con la ley de los tres estados, que formula en 1822, la definición más sistemática. Las conclusiones de Comte se parecen curiosamente a las que el socialismo científico debía de aceptar[48]. El positivismo muestra con mucha claridad las repercusiones de la revolución ideológica del siglo XIX, de la que Marx es uno de los representantes, y que consistió en situar al fin de la historia el Jardín y la Revelación que la tradición situaba en el origen del mundo. La era positivista que sucedería necesariamente a la era metafísica y a la era teológica debía marcar el advenimiento de una religión de la humanidad. Henri Gouhier define justamente la empresa de Comte diciendo que se trataba para él de descubrir a un hombre sin rastros de Dios. El primer objetivo de Comte, que consistía en sustituir en todas partes lo absoluto por lo relativo, se transformó pronto, por la fuerza de las cosas, en divinización de ese relativo y en predicación de una religión a la vez universal y sin trascendencia. Comte veía en el culto jacobino de la Razón una anticipación del positivismo y se consideraba, con razón, como el verdadero sucesor de los revolucionarios de 1789. Continuaba y ampliaba aquella revolución suprimiendo la trascendencia de los principios y fundando, sistemáticamente, la religión de la especie. Su fórmula: «Apartar a Dios en nombre de la religión», no significaba otra cosa. Inaugurando una manía que, posteriormente, ha hecho fortuna, quiso ser el san Pablo de aquella nueva religión, y sustituir el catolicismo de Roma por el catolicismo de París. Sabido es que esperaba ver, en las catedrales, «la estatua de la humanidad divinizada en el antiguo altar de Dios». Calculaba que tendría que predicar el positivismo en Notre-Dame antes del año 1860. Este cálculo no era tan ridículo como parece. Notre-Dame, asediada, sigue resistiendo. Pero la religión de la humanidad fue efectivamente predicada hacia finales del siglo XIX, y Marx, aunque sin duda no leyó a Comte, fue uno de sus profetas. Marx comprendió tan sólo que una religión sin trascendencia se llamaba propiamente una política. Comte lo sabía, por lo demás, o al menos comprendía que su religión era en primer lugar una sociolatría y que suponía el realismo político[49], la negación del derecho individual y el establecimiento del despotismo. Una sociedad cuyos sabios serían los sacerdotes, dos mil banqueros y técnicos reinando en una Europa de ciento veinte millones de habitantes en la que la vida privada sería absolutamente identificada a la vida pública, en la que una obediencia absoluta «de acción, de pensamiento y de corazón» sería tributada al sumo sacerdote que reinaría sobre la totalidad, tal era la utopía de Comte que anunciaba lo que puede llamarse las religiones horizontales de nuestro tiempo. Era utópica, ciertamente, porque, convencido del poder ilustrador de la ciencia, Comte olvidó prever una policía. Otros serían más prácticos; y la religión de la humanidad sería fundada, efectivamente, pero partiendo de la sangre y el color de los hombres.