El hombre rebelde
El hombre rebelde Tal era la misión del proletariado: hacer surgir la suprema dignidad de la suprema humillación. Por sus dolores y sus luchas, era el Cristo humano que redimía el pecado colectivo de la alienación. Fue, primero, el portador innombrable de la negación total, el heraldo de la afirmación definitiva después. «La filosofía no puede realizarse sin la desaparición del proletariado, el proletariado no puede liberarse sin la realización de la filosofía», y también: «El proletariado no puede existir más que en el plano de la historia mundial […] La acción comunista no puede existir sino en tanto que realidad histórica planetaria». Pero aquel Cristo era al mismo tiempo vengador. Ejecutaba, según Marx, el juicio que la propiedad privada planteaba contra sí misma. «Todas las casas, hoy día, están marcadas con una misteriosa cruz roja. El juez es la historia, el ejecutor de la sentencia es el proletario». Así el cumplimiento era inevitable. Las crisis sucederían a las crisis[51], la degradación del proletariado se profundizaría, su número se extendería hasta la crisis universal en la que desaparecería el mundo del intercambio y en el que la historia, por una suprema violencia, cesaría de ser violenta. El reino de los fines quedaría constituido.