El hombre rebelde
El hombre rebelde La intervención cínica de los ejércitos occidentales contra la revolución soviética demostró, entre otras cosas, a los revolucionarios rusos que la guerra y el nacionalismo eran realidades a igual título que la lucha de clases. A falta de una solución internacional de los proletarios, y que actuase automáticamente, ninguna revolución interna podía estimarse viable sin que se creara un orden internacional. Desde aquel día, hubo que admitir que la Ciudad universal no podría construirse más que con dos condiciones. O bien por medio de revoluciones casi simultáneas en todos los grandes países, o bien por la liquidación, mediante la guerra, de las naciones burguesas; la revolución en permanencia o la guerra en permanencia. El primer punto de vista casi triunfó, como es sabido. Los movimientos revolucionarios de Alemania, Italia y Francia marcaron el punto culminante de la esperanza revolucionaria. Pero el aplastamiento de aquellas revoluciones y el fortalecimiento consecutivo de los regímenes capitalistas hicieron de la guerra la realidad de la revolución. La filosofía de la Ilustración condujo entonces a la Europa del toque de queda. Por la lógica de la historia y de la doctrina, la Ciudad universal, que debía realizarse en la insurrección espontánea de los humillados, fue cubierta poco a poco por el Imperio, impuesto por los medios del poder. Engels, aprobado por Marx, había aceptado fríamente aquella perspectiva cuando escribía en respuesta al Llamamiento a los eslavos de Bakunin: «La próxima guerra mundial hará desaparecer de la faz de la tierra no sólo a clases y dinastías reaccionarias, sino también a pueblos reaccionarios enteros. Esto forma también parte del progreso». Tal progreso, en la mente de Engels, debía eliminar la Rusia de los zares. Hoy día, la nación rusa ha invertido la dirección del progreso. La guerra fría y tibia es la esclavitud del Imperio mundial. Pero, transformada en imperial, la revolución se halla en un callejón sin salida. Si no renuncia a sus principios falsos para regresar a las fuentes de la revuelta, sólo significa el mantenimiento, por varias generaciones, y hasta la descomposición espontánea del capitalismo, de una dictadura total sobre cientos de millones de hombres; o, si quiere precipitar el advenimiento de la Ciudad humana, la guerra atómica que no quiere y tras la cual toda ciudad, en resumidas cuentas, sólo brillaría sobre ruinas definitivas. La revolución mundial, por la ley misma de esta historia que imprudentemente ha deificado, está condenada a la policía o a la bomba. A la vez, se halla metida en una contradicción suplementaria. El sacrificio de la moral y de la virtud, la aceptación de todos los medios que constantemente ha justificado por el fin pretendido, no se aceptan, en rigor, más que en función de un fin cuya probabilidad es razonable. La paz armada supone, por el mantenimiento indefinido de la dictadura, la negación indefinida de tal fin. Además, el peligro de guerra afecta este fin de una probabilidad irrisoria. La extensión del Imperio en el espacio mundial es una necesidad inevitable para la revolución del siglo XX. Pero esta necesidad la sitúa ante un último dilema: fraguarse nuevos principios o renunciar a la justicia y a la paz cuyo reinado definitivo quería.