El hombre rebelde
El hombre rebelde En espera de dominar el espacio, el Imperio se ve forzado a reinar también sobre el tiempo. Negando toda verdad estable, le es preciso llegar hasta negar la forma más baja de la verdad, la de la historia. Ha trasladado la revolución, todavÃa imposible en la escala mundial, al pasado que se esfuerza en negar. Eso mismo es igualmente lógico. Toda coherencia que no sea puramente económica, del pasado al futuro humano, supone una constante que, a su vez, podrÃa recordar una naturaleza humana. La coherencia profunda que Marx, hombre de cultura, habÃa mantenido entre las civilizaciones podÃa sobrepasar su tesis y poner en vigor una continuidad natural, más vasta que la económica. Poco a poco el comunismo ruso se ha visto llevado a quemar las naves, a introducir una solución de continuidad en el futuro. La negación de los genios heréticos (y lo son casi todos), de las aportaciones a la civilización, al arte, en la medida infinita en que escapa a la historia, la renuncia a las tradiciones vivas, han recluido poco a poco el marxismo contemporáneo dentro de unos lÃmites cada vez más angostos. No le ha bastado con negar o silenciar lo que, en la historia del mundo, es inadmisible para la doctrina, ni con rechazar los logros de la ciencia moderna. Ha necesitado aún rehacer la historia, hasta la más reciente, la más conocida, y, por ejemplo, la historia del partido y de la revolución. Año tras año, a veces mes tras mes, Pravda se corrige a sà misma, se suceden las ediciones retocadas de la historia oficial. Lenin es censurado, Marx no es editado. En este punto, la comparación con el oscurantismo religioso no es siquiera justa. La Iglesia nunca ha ido hasta decidir sucesivamente que la manifestación divina se hacÃa en dos, luego en cuatro, o en tres, y por fin en dos personas. La aceleración propia de nuestro tiempo alcanza también la fabricación de la verdad que, a este ritmo, se convierte en puro fantasma. Como en el cuento popular, en que los telares de una ciudad entera tejÃan vacÃo para vestir al rey, miles de hombres, de los cuales es el extraño oficio, rehacen a diario una historia vana, destruida por la noche, esperando que la voz tranquila de un niño proclame de pronto que el rey va desnudo. Esta vocecita de la rebeldÃa dirá entonces lo que todo el mundo puede ver ya: que una revolución condenada, para durar, a negar su vocación universal, o a renunciar a sà misma para ser universal, vive sobre principios falsos.