El hombre rebelde

El hombre rebelde

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Toda religión gira en torno a las nociones de inocencia y de culpabilidad. Prometeo, el primer rebelde, recusaba con todo el derecho al castigo. El propio Zeus, sobre todo Zeus, no es lo bastante inocente como para recibir este derecho. En su primer movimiento, la rebeldía niega, pues, su legitimidad al castigo. Pero en su última encarnación, al término de su agotador viaje, el hombre en rebeldía vuelve a aceptar la noción religiosa de castigo y la sitúa en el centro de su universo. El juez supremo ya no está en los cielos, es la historia misma, que sanciona como divinidad implacable. A su manera, la historia no es más que un largo castigo, ya que la verdadera recompensa no se saboreará hasta el fin de los tiempos. Por lo que se ve, estamos lejos del marxismo y de Hegel, mucho más lejos aún de los primeros rebeldes. Todo pensamiento puramente histórico se abre, sin embargo, a estos abismos. En la medida en que Marx predecía la realización inevitable de la ciudad sin clases, en la medida en que establecía así la buena voluntad de la historia, todo retraso en la marcha liberadora debía imputarse a la mala voluntad del hombre. Marx reintrodujo en el mundo descristianizado la culpa y el castigo. El marxismo, bajo uno de sus aspectos, es una doctrina de culpabilidad tocante al hombre, de inocencia tocante a la historia. Lejos del poder, su traducción histórica era la violencia revolucionaria; en la cumbre del poder, se exponía a ser la violencia legal, es decir el terror y el proceso.


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