El hombre rebelde

El hombre rebelde

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En esta noción culmina, por último, el universo del proceso. Con ella queda cerrado el círculo. Al término de esta larga insurrección en nombre de la inocencia humana surge, por una perversión esencial, la afirmación de la culpabilidad general. Todo hombre es un criminal sin saberlo. El criminal objetivo es aquel que, precisamente, creía ser inocente. Su acción la juzgaba subjetivamente inofensiva, o hasta favorable al porvenir de la justicia. Pero le demuestran que objetivamente ha resultado perjudicial a dicho porvenir. ¿Se trata de una objetividad científica? No, sino histórica. ¿Cómo saber si el porvenir de la justicia está comprometido, por ejemplo, por la denuncia inconsiderada de una justicia presente? La verdadera objetividad consistiría en juzgar a partir de aquellos resultados que se pueden observar científicamente, sobre los hechos y su tendencia. Pero la noción de culpabilidad objetiva prueba que esta curiosa objetividad no se funda sino en resultados y hechos asequibles tan sólo a la ciencia del año 2000. Mientras tanto, se resume en una subjetividad interminable que se impone a los otros como objetividad: es la definición filosófica del terror. Esta objetividad no tiene sentido definible, pero el poder le dará un contenido declarando culpable lo que no aprueba. Consentirá en decir, o en dejar decir a filósofos que viven fuera del Imperio, que asume así un riesgo desde el punto de vista de la historia, tal como lo ha asumido, aunque sin saberlo, el culpable objetivo. El asunto será juzgado más tarde cuando víctima y verdugo hayan desaparecido. Pero este consuelo sólo es válido para el verdugo, que, precisamente, no lo necesita. Entre tanto, los fieles están invitados regularmente a extrañas fiestas en las que, según ritos escrupulosos, se presentan como ofrendas al dios histórico víctimas llenas de contrición.


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