El hombre rebelde

El hombre rebelde

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La utilidad directa de esta noción consiste en prohibir la indiferencia en materia de fe. Es la evangelización forzosa. La ley, cuya función estriba en perseguir a los sospechosos, los fabrica. Al fabricarlos, los convierte. En la sociedad burguesa, por ejemplo, se supone que todo ciudadano aprueba la ley. En la sociedad objetiva, se supondrá que todo ciudadano va a desaprobarla. O al menos, tendrá que estar siempre pronto a demostrar que no la desaprueba. La culpabilidad ya no está en el hecho, está en la simple ausencia de fe, lo que explica la aparente contradicción del sistema objetivo. En el régimen capitalista, el hombre que se dice neutral es reputado favorable, objetivamente, al régimen. En el régimen imperialista, el hombre que es neutral es reputado, objetivamente, hostil al régimen. Lo cual no tiene nada de extraño. Si el súbdito del Imperio no cree en el Imperio, no es nada históricamente, por su propia elección; elige, pues, contrariamente a la historia, es blasfemo. La fe confesada con poca convicción no basta tampoco; hay que vivirla y obrar para servirla, estar siempre alerta para admitir a tiempo que los dogmas cambian. Al menor error, la culpabilidad en potencia se hace a su vez objetiva. Acabando su historia a su manera, la revolución no se contenta con matar toda revuelta. Se obliga a considerar responsable a todo hombre, y hasta al más servil, de que la revolución haya existido y siga existiendo bajo el sol. En el universo del proceso, por fin conquistado y acabado, un pueblo de culpables caminará sin tregua hacia una imposible inocencia, bajo la mirada amarga de los Grandes Inquisidores. En el siglo XX, el poder es triste.


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