El hombre rebelde

El hombre rebelde

La obra en que el fondo rebasa la forma, aquella en que la forma sumerge el fondo, no habla más que de una unidad decepcionada y decepcionante. En este dominio como en los otros, toda unidad que no es de estilo es una mutilación. Sea cual sea la perspectiva elegida por un artista, un principio es común a todos los creadores: la estilización, que supone, al mismo tiempo, lo real y el espíritu que da a lo real su forma. Por ella, el esfuerzo creador rehace el mundo y siempre con una ligera deformación que es la marca del arte y de la protesta. Ya sea el aumento de microscopio que Proust aporta a la experiencia humana o, al contrario, la tenuidad absurda que la novela norteamericana da a sus personajes, la realidad es, en cierto modo, forzada. La creación, la fecundidad de la rebeldía residen en esa deformación que figura el estilo y el tono de una obra. El arte es una exigencia de imposible puesta en forma. Cuando el grito más desgarrador encuentra su lenguaje más firme, la rebeldía satisface su verdadera exigencia y saca de esta fidelidad a sí misma una fuerza de creación. Aunque esto molesta a los prejuicios del tiempo, el estilo supremo en arte es la expresión de la suprema rebeldía. Como el verdadero clasicismo no es más que un romanticismo domado, el genio es una rebeldía que ha creado su propia medida. Es por eso por lo que no hay genio, contrariamente a lo que se enseña hoy día, en la negación y la pura desesperación.


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