El hombre rebelde

El hombre rebelde

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Pero el arte y la sociedad, la creación y la revolución deben, para ello, redescubrir la fuente de la rebeldía en la que rechazo y consentimiento, singularidad y universalidad, individuo e historia se equilibran en la tensión más dura. La rebeldía no es en sí misma un elemento de civilización. Pero es previa a toda civilización. Sólo ella, en el callejón sin salida en que vivimos, permite esperar el futuro con que soñaba Nietzsche: «En lugar del juez y del represor, el creador». Fórmula que no puede autorizar la ilusión irrisoria de una ciudad dirigida por artistas. Aclara sólo el drama de nuestra época en la que el trabajo, sometido enteramente a la producción, ha dejado de ser creador. La sociedad industrial no abrirá los caminos de una civilización más que devolviéndole al trabajador la dignidad del creador, es decir aplicando su interés y su reflexión tanto al trabajo mismo como a su producto. La civilización, en adelante necesaria, no podrá separar, en las clases como en el individuo, al trabajador del creador; del mismo modo que la creación artística no piensa separar la forma del fondo, el espíritu de la historia. Así reconocerá a todos la dignidad afirmada por la rebeldía. Sería injusto, y además utópico, que Shakespeare dirigiese la sociedad de los zapateros. Shakeaspeare sin el zapatero sirve de coartada a la tiranía. El zapatero sin Shakespeare es absorbido por la tiranía cuando no contribuye a extenderla. Toda creación niega, en sí misma, el mundo del amo y del esclavo. La repulsiva sociedad de tiranos y esclavos en que sobrevivimos no encontrará su muerte y transfiguración más que al nivel de la creación.


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