El hombre rebelde
El hombre rebelde Tras haber creído durante mucho tiempo que podría luchar contra Dios con la humanidad entera, el espíritu europeo se percata, pues, de que, si no quiere morir, necesita también luchar contra los hombres. Los rebeldes que, alzados contra la muerte, querían construir sobre la especie una feroz inmortalidad, se desmoronaban al verse obligados a matar a su vez. Si, no obstante, retroceden, tienen que aceptar morir; si avanzan, matar. La rebeldía, desviada de sus orígenes y cínicamente disfrazada, oscila en todos los niveles entre el sacrificio y el crimen. Su justicia, que se esperaba distributiva, se ha vuelto sumaria. El reino de la gracia ha sido vencido, pero el de la justicia se desploma también. Europa muere de esta decepción. Su rebeldía abogaba por la inocencia humana y hela aquí endurecida contra su propia culpabilidad. Apenas se lanza hacia la totalidad cuando le cae en suerte la soledad más desesperada. Quería formar una comunidad y no le queda más esperanza que juntar, uno a uno, a lo largo de los años, a los solitarios que caminan rumbo a la unidad.