El hombre rebelde
El hombre rebelde Así ocurre también con la justicia y la libertad. Estas dos exigencias se encuentran ya al principio del movimiento de rebeldía y se vuelven a encontrar en el impulso revolucionario. La historia de las revoluciones muestra, sin embargo, que entran casi siempre en conflicto como si sus exigencias mutuas se consideraran irreconciliables. La libertad absoluta es el derecho para el más fuerte a dominar. Mantiene, pues, los conflictos que benefician a la injusticia. La justicia absoluta pasa por la supresión de toda contradicción: destruye la libertad[2]. La revolución para la justicia, por la libertad, acaba enfrentándolas una contra otra. Hay así en cada revolución, una vez liquidada la casta que dominaba hasta entonces, una etapa en la que suscita ella misma un movimiento de rebeldía que indica sus límites y anuncia sus probabilidades de fracaso. La revolución se propone, primero, satisfacer el espíritu de rebeldía que le ha dado nacimiento; se obliga a negarlo, después, para afirmarse a sí misma mejor. Hay, al parecer, una oposición irreductible entre el movimiento de la rebeldía y los logros de la revolución.