El hombre rebelde
El hombre rebelde La historia de la rebeldía metafísica no puede confundirse, pues, con la del ateísmo. Bajo cierto ángulo, se confunde incluso con la historia contemporánea del sentimiento religioso. El hombre en rebeldía desafía más que niega. Primitivamente, al menos, no suprime a Dios, le habla simplemente de igual a igual. Pero no se trata de un diálogo cortés. Se trata de una polémica que anima el deseo de vencer. El esclavo empieza reclamando justicia y acaba queriendo la realeza. Necesita dominar a su vez. El levantamiento contra la condición se ordena en una expedición desmedida contra el cielo para traerse de él a un rey prisionero del que se pronunciará la deposición primero, la condenación a muerte después. La rebeldía humana acaba en revolución metafísica. Pasa del parecer al hacer, del dandi al revolucionario. Derribado el trono de Dios, el hombre en rebeldía reconocerá que aquella justicia, aquel orden, aquella unidad que buscaba en vano en su condición, ahora le incumbe crearlos con sus propias manos y, de este modo, justificar la caducidad divina. Entonces se iniciará un esfuerzo desesperado para establecer, a costa del crimen, si es preciso, el imperio de los hombres. Lo cual no acaecerá sin consecuencias terribles, de las que todavía sólo conocemos algunas. Pero estas consecuencias no son debidas a la rebeldía misma, o, al menos, no nacen más que en la medida en que el hombre en rebeldía olvida sus orígenes, se hastía de la dura tensión entre el sí y el no y se abandona por fin a la negación de todo o a la sumisión total. La insurrección metafísica nos ofrece en su primer movimiento el mismo contenido positivo que la rebeldía del esclavo. Nuestra tarea consistirá en examinar en qué se transforma ese contenido de la rebeldía en las obras que lo invocan, y en decir adónde llevan la infidelidad, y la fidelidad, del hombre en rebeldía a sus orígenes.