El hombre rebelde

El hombre rebelde

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Las antinomias morales empiezan, también ellas, a alumbrarse a la luz de este valor mediador. La virtud no puede separarse de lo real sin convertirse en principio de mal. Tampoco puede identificarse absolutamente con lo real sin negarse a sí misma. El valor moral manifestado por la rebeldía, por último, ya no está por encima de la vida y de la historia, más de lo que la historia y la vida están por encima de él. A decir verdad, no cobra realidad en la historia hasta que un hombre da su vida por él, o se la consagra. La civilización jacobina y burguesa supone que los valores están por encima de la historia, y su virtud formal funda entonces una repugnante mistificación. La revolución del siglo XX decreta que los valores están mezclados con el movimiento de la historia, y su razón histórica justifica una nueva mistificación. La mesura, frente a este desorden, nos enseña que hace falta una parte de realismo a toda moral: la virtud enteramente pura es criminal; y que hace falta una parte de moral a todo realismo: el cinismo es criminal. Por eso, la verborrea humanitaria no está más fundada que la provocación cínica. El hombre, por último, no es enteramente culpable, no comenzó la historia; ni totalmente inocente, puesto que la continúa. Los que sobrepasan este límite y afirman su inocencia total acaban en la rabia de la culpabilidad definitiva. La rebeldía nos pone, por el contrario, en el camino de una culpabilidad calculada. Su esperanza única, pero invencible, se encarna, en último término, en unos criminales inocentes.


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