El hombre rebelde
El hombre rebelde Existe un mal, sin duda, que los hombres acumulan en su deseo frenético de unidad. Pero otro mal está en el origen de este movimiento desordenado. Ante este mal, ante la muerte, el hombre en lo más profundo de sà mismo clama justicia. El cristianismo histórico sólo ha contestado a esta protesta contra el mal con el anuncio del reino, y después de la vida eterna, que pide la fe. Pero el sufrimiento lima la esperanza y la fe; queda entonces solitario y sin explicación. Las multitudes del trabajo, cansadas de sufrir y de morir, son multitudes sin dios. Nuestro lugar está desde ahora a su lado, lejos de los antiguos y de los nuevos doctores. El cristianismo histórico aplaza más allá de la historia la curación del mal y del crimen que, no obstante, se sufren en el interior de la historia. El materialismo contemporáneo cree también dar respuesta a todas las preguntas. Pero, servidor de la historia, acrecienta el campo del crimen histórico y lo deja al mismo tiempo sin justificación, salvo en el futuro que pide todavÃa la fe. En los dos casos, hay que esperar y, durante este tiempo, el inocente no cesa de morir. Desde hace veinte siglos, no ha disminuido en el mundo la cantidad total del mal. Ninguna parusÃa, ni divina ni revolucionaria, se ha cumplido. Todo sufrimiento lleva pegada una injusticia. Una injusticia permanece pegada a todo sufrimiento, hasta el más merecido a los ojos de los hombres. El largo silencio de Prometeo sigue gritando ante las fuerzas que lo abruman. Pero Prometeo ha visto, entre tanto, volverse contra él y mofarse a los hombres. Cogido entre el mal humano y el destino, el terror y lo arbitrario, no le queda más que su fuerza de rebeldÃa para salvar del crimen lo que aún puede salvarse sin ceder al orgullo de lo blasfemo.