El hombre rebelde
El hombre rebelde Se comprende entonces que la rebeldÃa no puede prescindir de un extraño amor. Los que no hallan reposo ni en Dios ni en la historia se condenan a vivir para los que, como ellos, no pueden vivir: para los humillados. El movimiento más puro de la rebeldÃa se corona entonces con el grito desgarrador de Karamázov: ¡Si no se salvan todos, para qué la salvación de uno solo! AsÃ, unos condenados católicos, en los calabozos de España, rechazan hoy dÃa la comunión porque los curas del régimen la han hecho obligatoria en algunas cárceles. También aquéllos, únicos testigos de la inocencia crucificada, rechazan la salvación si hay que pagarla con la injusticia y la opresión. Esta loca generosidad es la de la rebeldÃa, que da sin esperar su fuerza de amor y rechaza sin demora la injusticia. Su honor consiste en no calcular nada, en distribuirlo todo a la vida presente y a sus hermanos vivos. Asà dispensa con prodigalidad para los hombres futuros. La verdadera generosidad con el porvenir consiste en darlo todo al presente.