El hombre rebelde

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Y ya, en efecto, la rebeldía, sin pretender resolverlo todo, puede al menos dar la cara. Desde este instante, el mediodía brilla sobre el movimiento mismo de la historia. Alrededor de esta hoguera devoradora se agitan por un momento combates de sombras, luego desaparecen, y algunos ciegos, tocándose los párpados, exclaman que esto es la historia. Los hombres de Europa, abandonados a las sombras, se han apartado del punto fijo y radiante. Se olvidan del presente por el futuro, de los seres apresados por el humo del poder, de la miseria de los suburbios por una ciudad deslumbrante, de la justicia cotidiana por una verdadera tierra de promisión. Desesperan de la libertad de las personas y sueñan con una extraña libertad de la especie; rechazan la muerte solitaria, y llaman inmortalidad a una prodigiosa agonía colectiva. Ya no creen en lo que es, en el mundo y en el hombre vivo; el secreto de Europa está en que ya no ama la vida. Sus ciegos han creído puerilmente que amar un solo día de la vida equivalía a justificar los siglos de opresión. Por eso han querido borrar la alegría en el tablero del mundo, y aplazarla para más tarde. La impaciencia de los límites, el rechazo de su ser doble, la desesperación de ser hombre los han arrojado por fin a una desmesura inhumana. Negando la justa grandeza de la vida, han tenido que apostar por su propia excelencia. A falta de algo mejor, se han divinizado y ha empezado su desventura: estos dioses tienen los ojos vacíos. Kaliayev y sus hermanos del mundo entero rechazan por el contrario la divinidad, ya que rechazan el poder ilimitado de dar muerte. Eligen, y nos dan un ejemplo, la única regla original hoy día: aprender a vivir y a morir, y, para ser hombre, rehusar ser dios.


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