El hombre rebelde
El hombre rebelde En el mediodía del pensamiento, el rebelde rehúsa así la divinidad para compartir las luchas y el destino comunes. Nosotros elegiremos Ítaca, la tierra fiel, el pensamiento audaz y frugal, la acción lúcida, la generosidad del hombre que sabe. En la luz, el mundo sigue siendo nuestro primero y nuestro último amor. Nuestros hermanos respiran bajo el mismo cielo que nosotros, la justicia vive. Entonces nace la alegría extraña que ayuda a vivir y a morir y que nosotros rechazamos en adelante aplazar para más tarde. En la tierra dolorosa, ella es la cizaña incansable, el amargo alimento, el viento duro venido de los mares, la antigua y la nueva aurora. Con ella, a lo largo de los combates, reconstruiremos el alma de este tiempo y una Europa que no excluirá nada. Ni a este fantasma, Nietzsche, al que, durante doce años después de su hundimiento, Occidente iba a visitar como a la imagen fulminada de su más alta conciencia y de su nihilismo; ni a aquel profeta de la justicia sin blandura que descansa, por error, en la zona de los incrédulos en el cementerio de Highgate; ni a la momia deificada del hombre de acción en su féretro de cristal; ni a nada de lo que la inteligencia y la energía de Europa han proporcionado sin descanso al orgullo de un tiempo miserable. Todos pueden resucitar, en efecto, junto a los sacrificados de 1905, pero con la condición de que se corrijan unos a otros y de que un límite, en el sol, los detenga a todos. Cada uno dice al otro que no es Dios; aquí se acaba el romanticismo. En esta hora en que cada uno de nosotros debe tensar el arco para repetir sus pruebas, conquistar, en y contra la historia, lo que posee ya, la escasa cosecha de sus campos, el breve amor de esta tierra, en la hora en que nace por fin un hombre, hay que dejar la época y sus furores adolescentes. El arco se tuerce, la madera cruje. En la cima de más alta tensión surgirá el impulso de una recta flecha, del tiro más duro y más libre.