El hombre rebelde
El hombre rebelde Lucrecio, único en su época, llevará mucho más lejos esta lógica y la hará desembocar en la reivindicación moderna. No añade nada sobre el fondo a Epicuro. Niega, también él, todo principio de explicación que no sea evidente. El átomo no es más que el último refugio en que el ser, reintegrado a sus elementos primeros, proseguirá una especie de inmortalidad sorda y ciega, de muerte inmortal que, para Lucrecio lo mismo que para Epicuro, figura la única felicidad posible. Tiene que admitir, con todo, que los átomos no se asocian solos y, antes que consentir en una ley superior y, para acabar, en el destino que quiere negar, admite un movimiento fortuito, el clinamen según el cual los átomos se encuentran y se combinan. Ya, observémoslo, se plantea el gran problema de los tiempos modernos, en los que la inteligencia descubre que sustraer al hombre del destino equivale a entregarlo al azar. Por ello, se esfuerza en darle un destino esta vez histórico. Lucrecio no llega a tanto. Su odio al destino y a la muerte se satisface con esta tierra ebria en que los átomos forman el ser accidentalmente, y en la que el ser accidental se disipa en átomos. Pero su vocabulario atestigua, sin embargo, una sensibilidad nueva. La ciudadela ciega se transforma en campo parapetado; Moenia mundi, las murallas del mundo, son una de las expresiones claves de la retórica de Lucrecio. Ciertamente, el gran problema en este campo reside en acallar la esperanza. Pero la renuncia metódica de Epicuro se transforma en una ascesis trémula que a veces se corona de maldiciones. La piedad, para Lucrecio, es sin duda «poder mirarlo todo con una mentalidad que no turba nada». Pero esta mentalidad tiembla con todo por la injusticia que se le inflige al hombre. Bajo la presión de la indignación corren a través del gran poema sobre la naturaleza de las cosas, nuevas nociones de crimen, de inocencia, de culpabilidad y de castigo. Se habla del «primer crimen de la religión», Ifigenia y su inocencia degollada; de ese tiro divino que «a menudo pasa junto a los culpables y va, con un castigo no merecido, a privar de la vida a inocentes». Si Lucrecio hace burla del miedo a los castigos del otro mundo, no es, como Epicuro, en el movimiento de una rebeldía defensiva, sino por un razonamiento agresivo: ¿por qué se castigaría el mal, puesto que, desde ahora, vemos suficientemente que no se recompensa el bien?