El hombre rebelde
El hombre rebelde Epicuro mismo, en la epopeya de Lucrecio, se convertirá en el rebelde magnífico que no era. «Mientras que a los ojos de todos, la humanidad arrastraba en la tierra una vida abyecta, aplastada bajo el peso de una religión cuyo rostro se mostraba desde lo alto de las regiones celestes, amenazando a los mortales con su aspecto horrendo, el primero, un griego, un hombre, osó alzar sus ojos mortales contra ella, y contra ella levantarse […] Y así, la religión es a su vez derribada y pisoteada, y a nosotros, la victoria nos eleva hasta el cielo». Se nota aquí la diferencia que puede haber entre esta blasfemia nueva y la maldición antigua. Los héroes griegos podían desear convertirse en dioses, pero al mismo tiempo que los dioses ya existentes. Se trataba entonces de un ascenso. El hombre de Lucrecio, por el contrario, procede a una revolución. Rechazando a los dioses indignos y criminales, ocupa él mismo su sitio. Sale del campo tapiado y empieza los primeros ataques contra la divinidad en nombre del dolor humano. En el universo antiguo, el crimen es lo inexplicable y lo inexpiable. En Lucrecio, ya, el crimen del hombre no es más que una respuesta al crimen divino. Y no es casual si el poema de Lucrecio termina con una prodigiosa imagen de santuarios divinos henchidos de los cadáveres acusadores de la peste.