El hombre rebelde
El hombre rebelde La idea, por lo menos, que Sade posee de Dios es, pues, la de una divinidad criminal que aplasta al hombre y lo niega. Que el crimen es un atributo divino se ve lo bastante, según Sade, en la historia de las religiones. ¿Por qué iba a ser, pues, virtuoso el hombre? El primer movimiento del preso consiste en saltar a la consecuencia extrema. Si Dios mata y niega al hombre, nada puede prohibir que éste niegue y mate a sus semejantes. Este reto crispado no se parece en nada a la negación tranquila que se encuentra aún en el Diálogo de 1782. No es ni tranquilo ni feliz quien exclama: «Nada es mío, nada es de mí», y que concluye: «No, no, virtud y vicio, todo se confunde en el ataúd». La idea de Dios es según él lo único «que no puede perdonar al hombre». La palabra perdonar resulta ya singular en ese profesor de torturas. Pero es a sí mismo a quien no puede perdonar una idea que su visión desesperada del mundo, y su condición de preso, refutan absolutamente. Una rebeldía doble dirigirá en lo sucesivo el razonamiento de Sade: contra el orden del mundo y contra sí mismo. Como estas dos rebeldías son contradictorias en todo salvo en el corazón trastornado de un perseguido, su razonamiento no cesa nunca de ser ambiguo o legítimo, según se estudie a la luz de la lógica o con el esfuerzo de la compasión.