El hombre rebelde
El hombre rebelde Negará, pues, al hombre y su moral puesto que Dios los niega. Pero, al mismo tiempo, negará a Dios, que, hasta entonces, le servía de valedor y de cómplice. ¿En nombre de qué? En nombre del instinto más fuerte en aquel a quien el odio de los hombres hace vivir entre los muros de una prisión: el instinto sexual. ¿Qué es este instinto? Es, por una parte, el grito mismo de la naturaleza[1] y, por otra parte, el impulso ciego que exige la posesión total de los seres, a costa incluso de su destrucción. Sade negará a Dios en nombre de la naturaleza —el material ideológico de su tiempo lo provee entonces de discursos mecanicistas— y hará de la naturaleza un poder de destrucción. Para él, la naturaleza es el sexo: su lógica lo conduce a un universo sin ley en el que el único dueño será la energía desmesurada del deseo. En él está su reino febril, en el que halla sus más bellos gritos: «¿Qué son todas las criaturas de la tierra frente a un solo deseo nuestro?». Los largos razonamientos en que los personajes de Sade demuestran que la naturaleza necesita del crimen, que hay que destruir para crear, que se la ayuda, pues, a crear desde el momento en que se destruye uno a sí mismo, sólo apuntan a fundar la libertad absoluta del presidiario Sade, demasiado injustamente comprimido para no desear la explosión que lo hará saltar todo por los aires. En esto se opone a su época: la libertad que reclama no es la de los principios, sino la de los instintos.