El hombre rebelde
El hombre rebelde Sade soñó, sin duda, en una república universal cuya estructura nos hizo exponer por un sabio reformador, Zamé. Nos mostró así que una de las direcciones de la rebeldía en la medida en que, merced a la aceleración de su movimiento, tolera cada vez menos límites, es la liberación del mundo entero. Pero todo en él contradice este sueño piadoso. No es el amigo del género humano, odia a los filántropos. La igualdad de que habla a veces es una noción matemática: la equivalencia de los objetos que constituyen los hombres, la abyecta igualdad de las víctimas. El que lleva su deseo hasta el fin necesita dominarlo todo, su verdadera realización está en el odio. La república de Sade no tiene por principio la libertad, sino el libertinaje. «La justicia —escribe este singular demócrata— no tiene existencia real. Es la divinidad de todas las pasiones».