El hombre rebelde

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Nada más revelador en este aspecto que el famoso libelo, leído por Dolmancé en La filosofía en el tocador y que lleva un título curioso: «Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos». Pierre Klossowski tiene razón en subrayarlo[2]; este libelo demuestra a los revolucionarios que su república se apoya en el asesinato del rey de derecho divino y que, al guillotinar a Dios el 21 de enero de 1793, se han prohibido para siempre las proscripciones del crimen y la censura de los instintos maléficos. La monarquía, al mismo tiempo que a sí misma, mantenía la idea de Dios que fundaba las leyes. La república, por su parte, se mantiene en pie por sí sola y sus costumbres deben carecer de mandamientos. Es, sin embargo, dudoso que Sade, como quiere Klossowski, haya tenido el sentimiento profundo de un sacrilegio y que este horror casi religioso lo haya conducido a las consecuencias que enuncia. Más bien, poseía sus consecuencias antes y descubrió después el argumento adecuado para justificar la licencia absoluta de las costumbres que quería pedir al gobierno de su tiempo. La lógica de las pasiones trastoca el orden tradicional del razonamiento y pone la conclusión antes de las premisas. Basta para convencerse de ello con apreciar la admirable sucesión de sofismas con los cuales, en dicho texto, justifica Sade la calumnia, el robo y el crimen, y pide que se los tolere en la ciudad nueva.


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