El hombre rebelde
El hombre rebelde No obstante, es entonces cuando su pensamiento resulta más profundo. Rechaza, con una clarividencia excepcional en su época, la alianza presuntuosa de la libertad y la virtud. La libertad, sobre todo cuando es el sueño del preso, no puede tolerar límites. O es el crimen, o ya no es la libertad. En este punto esencial, Sade no cambió jamás. Este hombre que no ha predicado sino contradicciones sólo encuentra una coherencia, y la más absoluta, en lo tocante a la pena capital. Amante de ejecuciones refinadas, teórico del crimen sexual, nunca ha podido soportar el crimen legal. «Mi detención nacional, con la guillotina ante los ojos, me ha causado cien veces más daño que el que me habían hecho todas las Bastillas imaginables». De este horror ha sacado el valor de ser públicamente moderado durante el Terror y de intervenir generosamente en favor de una suegra que, sin embargo, lo había hecho encerrar en la Bastilla. Unos años más tarde, Nodier debía resumir claramente, tal vez sin saberlo, la posición obstinadamente defendida por Sade: «Matar a un hombre en el paroxismo de una pasión se comprende. Hacerlo matar por otro en la calma de una meditación seria, y bajo el pretexto de un ministerio honorable, es incomprensible». Hallamos aquí el esbozo de una idea que será desarrollada asimismo por Sade: el que mata ha de pagar con su vida. Sade, lo estamos viendo, es más moral que nuestros contemporáneos.