El hombre rebelde
El hombre rebelde Pero su odio a la pena de muerte no es ante todo sino el odio a unos hombres que creen suficientemente en su virtud, o en la de su causa, para atreverse a castigar, y definitivamente, cuando ellos mismos son a su vez criminales. No se puede, al mismo tiempo, elegir el crimen para sí y el castigo para los otros. Hay que abrir las cárceles o suministrar la prueba, imposible, de la propia virtud. A partir del momento en que se acepta el crimen, aunque sea una sola vez, hay que admitirlo universalmente. El criminal que actúa según la naturaleza no puede, sin prevaricación, ponerse del lado de la justicia. «Un esfuerzo más si queréis ser republicanos» significa: «Aceptad la libertad del crimen, única razonable, y entrad para siempre en la insurrección como se entra en la gracia». La sumisión total al mal desemboca entonces en una horrible ascesis que debería aterrorizar a la república de las luces y de la bondad natural. Ésta, cuyo primer alzamiento, por una coincidencia significativa, había quemado el manuscrito de Los ciento veinte días de Sodoma, no podía dejar de denunciar aquella libertad herética y encerrar de nuevo entre cuatro muros a un partidario tan comprometedor. Le daba, con ello, la terrible oportunidad de llevar más lejos su lógica de la rebeldía.