El hombre rebelde

El hombre rebelde

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La república ha podido ser un sueño para Sade, nunca una tentación. En política, su verdadera posición es el cinismo. En su Sociedad de los Amigos del Crimen se declara ostensiblemente favorable al gobierno y sus leyes, que se dispone, no obstante, a violar. Así, los chulos votan al diputado conservador. El proyecto que Sade planea supone la neutralidad benévola de la autoridad. La república del crimen no puede, al menos provisionalmente, ser universal. Debe aparentar que obedece a la ley. Sin embargo, en un mundo sin más regla que la del crimen, bajo el cielo del crimen, en nombre de una naturaleza criminal, Sade no obedece en realidad más que a la ley insaciable del deseo. Pero desear sin límites equivale también a aceptar ser deseado sin límites. La licencia para destruir supone que a su vez puede ser uno destruido. Habrá que luchar, pues, y dominar. La ley de este mundo no es otra que la de la fuerza; su motor, la voluntad de poder.








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