El hombre rebelde
El hombre rebelde Pero todavÃa es la hora de la gente de letras. El romanticismo con su rebelión luciferina no servirá realmente más que para las aventuras de la imaginación. Como Sade, se separará de la rebeldÃa antigua por la preferencia concedida al mal y al individuo. Poniendo el acento en su fuerza de desafÃo y de rechazo, la rebeldÃa, en esta fase, olvida su contenido positivo. Puesto que Dios reivindica el bien que hay en el hombre, hay que convertir este bien en irrisión y elegir el mal. El odio a la muerte y a la injusticia llevará, pues, si no al ejercicio, cuando menos a la apologÃa del mal y del crimen. La lucha de Satán y de la muerte en El paraÃso perdido, poema preferido de los románticos, simboliza este drama, pero tanto más profundamente cuanto que la muerte (con el pecado) es hija de Satán. Para combatir el mal, el hombre en rebeldÃa, ya que se juzga inocente, renuncia al bien y vuelve a dar a luz al mal. El héroe romántico empieza por llevar a cabo la confusión profunda, y por decirlo asÃ, religiosa, del bien y del mal[4]. Este héroe es «fatal», porque la fatalidad confunde el bien y el mal sin que el hombre pueda defenderse de ellos. La fatalidad excluye los juicios de valor. Los sustituye por un «es asû que lo excusa todo, salvo al Creador, responsable único de este escandaloso estado de hecho. El héroe romántico es también «fatal» porque, a medida que aumenta en fuerza y en genio, crece en él el poder del mal. Todo poder, todo exceso se arropa entonces con el «es asû. La idea muy antigua de que el artista, el poeta en particular, es demonÃaco, halla una formulación provocadora en los románticos. Hay incluso en esa época un imperialismo del demonio que pretende anexionárselo todo, incluso los genios de la ortodoxia. «Lo que hizo que Milton —observa Blake— escribiera con embarazo cuando hablaba de los ángeles y de Dios, con audacia cuando se referÃa a los demonios y al infierno, fue que era un verdadero poeta, y del partido de los demonios, sin saberlo». El poeta, el genio, el hombre mismo, en su imagen más elevada, exclama al mismo tiempo que Satán: «Adiós, esperanza, pero con la esperanza, adiós temor, adiós remordimiento… Mal, sé mi bien». Es el grito de la inocencia ultrajada.