El hombre rebelde
El hombre rebelde Esto define el nihilismo y autoriza el crimen.
El crimen, en efecto, se volverá amable. Basta comparar al Lucifer de los imagineros medievales con el Satán romántico. Un adolescente «joven, triste y encantador» (Vigny) sustituye a la bestia cornuda. «Bello, con una belleza que ignora la tierra» (Lermontov), solitario y poderoso, doloroso y despectivo, oprime con negligencia. Pero su disculpa es el dolor. «¿Quién osarÃa envidiar —dice el Satán de Milton— a aquel a quien la más alta situación condena a la mayor parte de sufrimientos sin término?». Tantas injusticias sufridas, un dolor tan continuo, autorizan todos los excesos. El ser en rebeldÃa se permite entonces algunas ventajas. El crimen, sin duda, no es recomendado por sà mismo. Pero está inscrito dentro del valor de frenesÃ, supremo para el romántico. El frenesà es lo contrario del tedio: Lorenzaccio sueña con Han de Islandia. Sensibilidades exquisitas llaman a los furores elementales del bruto. El héroe byroniano, incapaz de amor, o capaz sólo de un amor imposible, padece spleen. Está solo, languidece, su condición lo agota. Si quiere sentirse vivir, tiene que ser en la terrible exaltación de una acción breve y devoradora. Amar lo que nunca se verá dos veces es amar en la llama y el grito para abismarse luego. Ya no se vive más que en y por el instante, para
[…] esa unión breve más viva
de un atormentado corazón unido a la tormenta.