El malentendido
El malentendido Ésas son palabras de tu padre, Marta, las reconozco. Pero me gustaría estar segura de que es la última vez que nos vemos obligadas a ser positivas. ¡Qué curioso! Él lo decía para ahuyentar el miedo a la policía; en cambio, tú utilizas esa palabra para disipar el pequeño anhelo de honradez que acaba de venirme a la mente.
MARTA
Lo que llama usted anhelo de honradez son simples ganas de dormir. Aguante el cansancio hasta mañana, que luego podrá descansar tranquila.
LA MADRE
Sé que tienes razón. Pero reconoce que este viajero es distinto a los demás.
MARTA
Sí, es demasiado distraído, y se pasa de la raya con su inocencia. ¿Qué sería del mundo si los condenados empezaran a confesarle sus penas íntimas al verdugo? No sería una buena norma. Además, me irrita su indiscreción. Quiero acabar de una vez con esto.
LA MADRE
Eso sí que no es bueno. Antes no nos dejábamos llevar ni por la ira ni por la compasión en nuestro trabajo; lo hacíamos con indiferencia. Ahora yo estoy cansada y tú irritada. Si las cosas se presentan mal, ¿por qué hemos de obcecarnos en pasar por encima de todo por un poco más de dinero?