El malentendido
El malentendido Él consiguió cuanto la vida puede darle a un hombre. Abandonó su país. Conoció otros espacios, el mar, seres libres. Yo me quedé aquí. Me quedé, pequeña y apagada, sumida en el tedio, sepultada en el corazón del continente y crecí en el espesor de estas tierras. Nadie ha besado mi boca, y ni siquiera usted ha visto mi cuerpo desnudo. Se lo juro, madre, eso ha de pagarse. Y con la vana excusa de que un hombre ha muerto, no puede escurrir el bulto en el momento en que yo iba a recibir lo que me corresponde. Comprenda que, para un hombre que ha vivido, la muerte es algo irrisorio. Podemos perfectamente olvidar a mi hermano. Lo que le ha ocurrido carece de importancia: no le quedaba ya nada por conocer. En cambio, a mí pretende usted arrebatármelo todo, quitarme aquello de lo que él ha disfrutado. ¿Y encima va a robarme el amor de mi madre y a llevársela para siempre a su río helado?
(Se miran en silencio. La hermana baja los ojos.)
MARTA (Muy quedo.)
Me contentaría con tan poco… Madre, hay palabras que nunca he sabido pronunciar, pero creo que sería grato reanudar nuestra vida de cada día.
(LA MADRE se ha acercado a ella.)
LA MADRE
¿Lo habías reconocido?
MARTA (Alzando bruscamente la cabeza.)