El malentendido
El malentendido ¡No! Yo no tenía por qué velar por mi hermano, y, sin embargo, de pronto me encuentro desterrada en mi propio país; hasta mi propia madre me ha rechazado. Pero yo no tenía por qué velar por mi hermano, ésa es la injusticia que se inflige a la inocencia. Ahora él ha visto realizado su deseo, mientras que yo me quedo sola, lejos del mar que tanto ansiaba. ¡Oh, cómo lo odio! ¡Toda la vida esperando esa ola que tenía que llevarme con ella, y ahora sé que ya no vendrá! A mi derecha y a mi izquierda, delante y detrás de mí, me veo condenada a permanecer con una multitud de pueblos y de naciones, de llanos y de montañas, que detienen el viento del mar, cuyos cuchicheos y murmullos ahogan su insistente llamada. (Más quedo.) ¡Otros tienen más suerte! Existen lugares alejados del mar donde el viento nocturno lleva a veces un olor a algas. Con él trae imágenes de playas húmedas en las que suena el grito de las gaviotas. O de arenas doradas en atardeceres sin fin. Pero el viento no tiene fuerza para llegar hasta aquí; ya nunca recibiré lo que se me debe. Por más que pegue el oído al suelo, no oiré el batir de las olas heladas o la cadenciosa respiración del mar alegre. Estoy demasiado lejos de lo que amo y mi distancia no tiene remedio. ¡Lo odio, lo odio por haber conseguido lo que quería! En cambio, mi patria es este lugar cerrado y espeso con un cielo sin horizonte; sólo tengo para saciar mi hambre el ácido ciruelo de esta tierra y nada para saciar mi sed, salvo la sangre que he derramado. ¡Ése es el precio que se paga por el cariño de una madre!