El malentendido
El malentendido No tema. La dejaré morir como desea. Estoy ciega, ¡ya no veo! Y ni su madre ni usted serán nunca para mí más que rostros huidizos, rostros hallados y perdidos en el transcurso de una tragedia que será eterna. No me inspiran ustedes ni odio ni compasión. No puedo ya amar ni odiar a nadie. (Esconde de pronto la cara entre las manos.) En realidad, apenas he tenido tiempo de sufrir o de rebelarme. La desgracia es más grande que yo.
(MARTA, que se ha vuelto y ha dado unos pasos hacia la puerta, regresa hacia MARÍA.)
MARTA
Pero tampoco tan grande, puesto que le ha dejado lágrimas. Y antes de separarme de usted para siempre, veo que todavía me queda algo pendiente. Me queda desesperarla a usted.
MARÍA (Mirándola aterrada.)
¡Oh!, déjeme. ¡Váyase y déjeme!
MARTA
La dejaré, en efecto, y para mí será también un alivio, no aguanto su amor y su llanto. Pero no puedo morir dejándole la idea de que tiene razón, de que el amor no es inútil y de que esto es un accidente. Porque ahora las cosas han vuelto al orden. Tiene que hacerse a la idea.
MARÍA
¿Qué orden?
MARTA