El malentendido
El malentendido Esa locura ha recibido su pago. Pronto recibirá usted el suyo. (Misma risa.) A las dos nos han robado, ya se lo he dicho. ¿De qué sirve esa gran llamada del ser, esa emoción de las almas? ¿Para qué gritar hacia el mar o hacia el amor? Es ridículo. Su marido conoce ahora la respuesta, esa espantosa casa en la que al final estaremos apretujados los unos contra los otros. (Con odio.) También usted la conocerá, y si entonces pudiera, recordaría con delicia este día en el que creía que comenzaba para usted el más desgarrador de los destierros. Comprenda que su dolor jamás será equiparable a la injusticia que se comete con el hombre; y, para acabar, escuche mi consejo. Bien le debo un consejo, ¿no?, ¡ya que he matado a su marido!
Ruegue a su Dios que la haga semejante a la piedra. Ésa es la felicidad que él se reserva, la única felicidad auténtica. Como él, haga oídos sordos a todos los gritos, sea como la piedra, mientras esté a tiempo. Pero si se siente demasiado cobarde para entrar en esa paz muda, reúnase con nosotros en nuestra casa común. ¡Adiós, hermana! Es fácil, como ve. Sólo tiene que elegir entre la felicidad estúpida de las piedras y el lecho pegajoso en el que la esperamos.
(Sale, y MARÍA, que la ha escuchado con mirada extraviada, se tambalea, con las manos tendidas hacia delante.)
MARÍA (Gritando.)