El primer hombre
El primer hombre No, tiene punzadas, reumatismos, algo malo; ¿y Jacques? Sí, todo iba bien, qué fuerte era, ella (y señalaba a Catherine con el dedo) estaba contenta de volver a verlo. Desde la muerte de la abuela y la partida de los hijos, el hermano y la hermana vivían juntos y no podían estar el uno sin el otro. Ernest necesitaba que alguien se ocupara de él, y desde ese punto de vista, Catherine era su mujer, hacía la comida, le preparaba la ropa, lo cuidaba si hacía falta. Catherine no necesitaba dinero, pues sus hijos cubrían sus necesidades, pero sí una compañía masculina, y él velaba por ella a su manera, desde hacía años, años durante los cuales habían vivido, sí, como marido y mujer, no según la carne, sino según la sangre, ayudándose a vivir cuando sus invalideces les hacían la vida tan difícil, continuando una conversación muda, iluminada de vez en cuando por fragmentos de frases, pero más unidos y sabiendo más el uno del otro que muchas parejas normales.
—Sí, sí —decía Ernest—. Jacques, Jacques, ella siempre habla.
—Pues, aquí estoy —decía Jacques.
Y allí estaba, en efecto, entre ellos dos, como antes, sin poder decirles nada y sin dejar de quererlos jamás, por lo menos a ellos, y queriéndolos aún más porque le permitían querer, él, que no había querido a tantas criaturas que lo merecían.
—¿Y Daniel?