El primer hombre

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Sí, Donat había muerto. Y la tía Marguerite, la hermana de su madre, había muerto, la abuela lo arrastraba a casa de la tía el domingo por la tarde y él se aburría soberanamente, salvo cuando el tío Michel, que era carretero y también se aburría escuchando aquellas conversaciones en el comedor oscuro, en torno a los tazones de café negro sobre el hule de la mesa, lo llevaba al establo, que estaba muy cerca, y allí, en la semipenumbra, cuando el sol de la tarde calentaba fuera las calles, sentía ante todo el buen olor del pelo, la paja y el estiércol, escuchaba las cadenas de los ronzales raspando la artesa del pienso, los caballos volvían hacia ellos sus ojos de largas pestañas, y el tío Michel, alto, seco, con sus largos bigotes y oliendo él también a paja, lo alzaba y lo depositaba sobre uno de los caballos, que volvía, plácido, a hundirse en la artesa y a triturar la avena mientras el tío le daba algarrobas que el niño masticaba y chupaba con deleite, lleno de amistad hacia ese hombre siempre unido en su cabeza a los caballos, y los lunes de Pascua partían con él y toda la familia para celebrar la mouna en el bosque de Sidi-Ferruch, y Michel alquilaba uno de esos tranvías de caballos que hacían entonces el trayecto entre el barrio donde vivían y el centro de Argel, una especie de gran jaula con claraboya provista de bancos adosados, a la que se uncían los caballos, uno de ellos de reata, escogido por Michel en su caballeriza, y por la mañana temprano cargaban las grandes cestas de la ropa repletas de esos rústicos bollos llamados mounas y de unos pasteles ligeros y friables, las orejitas, que dos días antes de la partida todas las mujeres de la familia hacían en casa de la tía Marguerite sobre el hule cubierto de harina, donde la masa se extendía con el rodillo hasta cubrir casi todo el mantel y con una ruedecilla de boj cortaban los pasteles, que los niños llevaban en grandes bandejas para arrojarlos en barreños de aceite hirviente y alinearlos después con precaución en los cestos, de los que subía entonces el exquisito olor de vainilla que los acompañaba durante todo el recorrido hasta Sidi-Ferruch, mezclado con el olor del mar que llegaba hasta la carretera del litoral, vigorosamente tragado por los cuatro caballos sobre los cuales Michel{84} hacía restallar el látigo, que pasaba de vez en cuando a Jacques, sentado a su lado, fascinado por las cuatro grupas enormes que con gran ruido de cascabeles se contoneaban bajo sus ojos y se abrían mientras la cola se alzaba, y él veía moldearse y caer al suelo la bosta apetitosa, las herraduras centelleaban y los cencerros precipitaban sus sones cuando los caballos se engallaban. En el bosque, mientras los otros colocaban entre los árboles los cestos y los paños de cocina, Jacques ayudaba a Michel a cepillar los caballos y a colgarles del cuello los morrales de lienzo crudo en los que hacían trabajar las mandíbulas, abriendo y cerrando sus grandes ojos fraternales, o ahuyentando una mosca con un casco impaciente. El bosque estaba lleno de gente, comían unos pegados a los otros, bailaban de un lugar a otro al son del acordeón o de la guitarra, el mar gruñía muy cerca, nunca hacía calor suficiente como para bañarse, pero sí la temperatura necesaria para caminar descalzos en las primeras olas, mientras los otros dormían la siesta y la luz que se suavizaba imperceptiblemente volvía aún más vastos los espacios del cielo, tan vastos que el niño sentía asomarle las lágrimas al mismo tiempo que un gran grito de alegría y gratitud hacia la vida adorable. Pero la tía Marguerite había muerto, tan bella y siempre tan bien vestida, demasiado coqueta, decían, y ella no se había equivocado, pues la diabetes la inmovilizó en un sillón, y empezó a hincharse en el apartamento abandonado y a ponerse enorme y tan abotargada que le faltaba el aliento, tan fea que asustaba, rodeada de sus hijas y de su hijo cojo, que era zapatero, y que con el corazón encogido acechaba el momento en que su madre no pudiera respirar.{85}{86} Ella seguía engordando, atiborrada de insulina, y, en efecto, la respiración terminó por faltarle.{87}


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