El primer hombre

El primer hombre

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A decir verdad, la religión no ocupaba lugar en la familia.{109} Para ellos, era una prueba que había que afrontar, como sus predecesores, de los que no hablaban nunca, o se esforzaban por mostrar ese coraje que consideraban la virtud principal del hombre, pero que entretanto, era preciso tratar de olvidar y de apartar. (De ahí el aspecto de broma que cobraba todo entierro. ¿El primo Maurice?) Si a esta disposición general se añadía la aspereza de la lucha y el trabajo cotidianos, sin contar, en lo que concierne a la familia de Jacques, el desgaste terrible de la pobreza, resulta difícil encontrar el lugar de la religión. Para el tío Ernest, que vivía en el plano de la nueva sensación, la religión era lo que veía, es decir, el cura y la pompa. Recurriendo a sus aptitudes cómicas, no perdía ocasión de mimar las ceremonias de la misa, adornándolas con una [sarta] de onomatopeyas que remedaban el latín, y para terminar, imitaba tanto a los fieles bajando la cabeza al son de la campanilla, como al sacerdote, que, aprovechando esa posición, bebía subrepticiamente el vino de la misa. En cuanto a Catherine Cormery, era la única cuya dulzura podía hacer pensar en la fe, pero justamente la dulzura era su fe misma. No negaba ni aprobaba, se reía un poco de las bromas de su hermano, pero decía «señor cura» a los sacerdotes que encontraba. No hablaba nunca de Dios. Esa palabra, a decir verdad, Jacques jamás la había oído pronunciar durante toda su infancia, y a él mismo le traía sin cuidado. La vida, misteriosa y resplandeciente, bastaba para colmarlo enteramente.


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