El primer hombre

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Caía, pues, por su propio peso que Jacques debía hacer la primera comunión como la había hecho Henri, que guardaba el peor recuerdo, no de la ceremonia misma, sino de sus consecuencias sociales y en particular de las visitas que había tenido que hacer a continuación durante varios días, con el brazal puesto, a los amigos y parientes obligados a regalar una pequeña suma de dinero que el niño recibía con embarazo y que la abuela recuperaba, dejando a Henri una pequeñísima parte y guardando el resto, porque la comunión «costaba». Pero esta ceremonia se celebraba alrededor del duodécimo aniversario del niño, que durante dos años debía recibir lecciones de catecismo. Jacques, pues, tendría que hacer la primera comunión durante el segundo o tercer año de liceo. Pero justamente esa idea sobresaltaba a la abuela. Se hacía del liceo una idea oscura y un poco aterradora, como de un lugar donde había que estudiar diez veces más que en la escuela primaria, puesto que de tales estudios resultaba una situación económica mejor y, para ella, no había progreso material posible sin un aumento de trabajo. Por otra parte, deseaba con todas sus fuerzas el éxito de Jacques, dados los sacrificios que acababa de aceptar anticipadamente, y se imaginaba que el tiempo del catecismo se restaría al del estudio.

—No —dijo—, no puedes ir a la vez al liceo y al catecismo.


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