El primer hombre
El primer hombre —Bueno. No haré la primera comunión —asumió Jacques, que pensaba sobre todo en escapar del incordio de las visitas y de la humillación insoportable que representaba para él recibir dinero.
La abuela lo miró.
—¿Por qué? La cosa tiene arreglo. Vístete. Vamos a ver al cura.
Se levantó y entró con aire resuelto en su cuarto. Al volver, se había quitado la blusa y la falda de trabajo, se había puesto su único vestido para salir [ ][110] abotonado hasta el cuello y atado a la cabeza el pañuelo de seda negra. Los bandós de pelo blanco asomaban por debajo, los ojos claros y la boca firme eran la imagen misma de la resolución.
En la sacristía de la iglesia Saint-Charles, un espantoso edificio gótico moderno, se sentó con Jacques de la mano, de pie a su lado, frente al cura, un hombre gordo de unos sesenta años, de cara redonda, un poco blanda, con una gran nariz, la boca gruesa y una sonrisa bondadosa bajo su corona de pelo plateado, las manos juntas sobre la sotana que estiraban las rodillas separadas.
—Quiero —dijo la abuela— que el niño haga su primera comunión.
—Está muy bien, señora, haremos de él un buen cristiano. ¿Cuántos años tiene?
—Nueve.