El primer hombre
El primer hombre El niño lo miró, sin una lágrima (y durante toda su vida sólo la bondad y el amor lo hicieron llorar, nunca el mal o la persecución, que fortalecían, por el contrario, su alma y su decisión), y regresó a su asiento. La parte derecha de la cara le ardía, tenía sabor de sangre en la boca. Con la punta de la lengua descubrió que por dentro la mejilla se había abierto y sangraba. Se tragó la sangre.