El primer hombre

El primer hombre

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Durante todo el resto de las clases de catecismo, estuvo ausente, mirando con calma, sin reproche y sin amistad, al sacerdote cuando le hablaba, recitando sin un error las preguntas y respuestas referentes a la persona divina y al sacrificio de Cristo, y a cien leguas del lugar donde recitaba, soñando con ese doble examen que finalmente era sólo uno. Sumido en el trabajo como en un sueño ininterrumpido, sólo conmovido, aunque oscuramente, por las misas vespertinas que iban multiplicándose en la horrible iglesia fría, pero donde el órgano le permitía escuchar una música que oía por primera vez, él, que hasta entonces sólo había conocido estribillos estúpidos, soñando entonces más densa, más profundamente, un sueño poblado de oros cambiantes en la semioscuridad de los objetos y las vestiduras sacerdotales, al encuentro en definitiva del misterio, pero de un misterio sin nombre en el que las personas divinas nombradas y rigurosamente definidas por el catecismo no tenían nada que hacer ni que ver, prolongando simplemente el mundo desnudo en que vivía; el misterio cálido, interior e impreciso que lo inundaba entonces sólo ensanchaba el misterio cotidiano de la sonrisa discreta o del silencio de su madre cuando él entraba en el comedor, con el crepúsculo, y cuando, sola en la casa, no había encendido la lámpara de petróleo, dejando que la noche invadiera poco a poco la habitación, ella misma como una forma más oscura y más densa aún, mirando pensativa por la ventana los movimientos animados, pero silenciosos para ella, de la calle, y el niño se detenía entonces en el umbral de la puerta, con el corazón embargado, lleno de un amor desesperado por su madre y por lo que, en su madre, no pertenecía, o ya no pertenecía al mundo y a la vulgaridad de los días. Después vino la primera comunión, de la que Jacques conservaba escaso recuerdo, salvo de la confesión de la víspera, en que había declarado los únicos actos que, según le habían dicho, eran culpables, esto es, pocas cosas, y «¿No ha tenido malos pensamientos?». «Sí, padre», decía el niño al azar, aunque ignorara cómo podía ser malo un pensamiento, y hasta el día siguiente vivió con el temor de dejar escapar sin saberlo un mal pensamiento, o, lo que le resultaba más claro, una de esas palabras malsonantes que poblaban su vocabulario de escolar, e hizo lo que pudo para retenerse, por lo menos hasta la mañana de la ceremonia, en que, vestido de marinero, con brazal, un pequeño misal y un rosario de cuentas blancas, todo ello regalado por los parientes menos pobres (la tía Marguerite, etcétera), recorrió blandiendo una vela el pasillo central, en una fila de niños, cada uno con su vela, bajo las miradas extasiadas de las familias puestas en pie entre los bancos, y el trueno de la música estalló en ese momento dejándolo petrificado, sobrecogido de espanto y de una extraordinaria exaltación en la que por primera vez sintió su fuerza, su capacidad infinita de triunfo y de vida, exaltación que lo poseyó durante toda la ceremonia, distrayéndolo de lo que estaba pasando, incluido el instante de la comunión y el regreso y la comida, pues los parientes habían sido invitados a una mesa más [opulenta] que de costumbre, y poco a poco los comensales, habituados a comer y a beber moderadamente, se fueron excitando hasta que una enorme alegría llenó poco a poco la habitación, destruyendo la exaltación de Jacques y al mismo tiempo desconcertándolo hasta el punto de que al llegar al postre, en el colmo de la excitación general, estalló en sollozos.


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