El primer hombre

El primer hombre

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En esa galería, en medio de los alumnos que habían llegado primero, casi todos disimulando su nerviosismo con actitudes desenvueltas, salvo algunos que con su semblante pálido y su silencio delataban su ansiedad, esperaban el maestro Bernard y sus alumnos, ante la puerta cerrada, al comienzo de la mañana todavía fresca y en la calle aún húmeda que un instante después el sol cubriría de polvo. Llegaron con una buena media hora de adelanto, silenciosos, apretándose alrededor del maestro, que no sabía qué decirles y que de pronto los abandonó diciendo que lo esperaran. Y lo vieron volver instantes después, siempre elegante con su sombrero de ala vuelta y las polainas que se había puesto ese día, trayendo en cada mano dos paquetes de papel de seda simplemente enrollados en las puntas, y cuando se acercó, vieron que el papel tenía manchas de grasa.

—Aquí tenéis unos croissants. Comed uno ahora y guardad el otro para las diez.

Dieron las gracias y comieron, pero la masa masticada e indigesta les pasaba con dificultad por la garganta.

—No os pongáis nerviosos —repetía el maestro—. Leed bien el enunciado del problema y el tema de la redacción. Leedlos varias veces. Tenéis tiempo.


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