El primer hombre
El primer hombre —Entre al comedor —respondió—. Es la habitación más fresca.
Una veranda, con los estores de paja flexible desplegados, salvo uno, formaba parte del comedor. Con excepción de la mesa y el aparador de madera clara y de estilo moderno, la habitación estaba amueblada con sillones de mimbre y tumbonas. Jacques, al volverse, vio que estaba solo. Se acercó a la veranda y, por entre el espacio libre entre los estores, vio un patio con terebintos entre los que resplandecÃan dos tractores de color rojo vivo. Más allá, bajo el sol todavÃa soportable de las once, empezaban las hileras de viñas. Instantes después entraba el colono trayendo en una bandeja una botella de anisete, vasos y agua helada.
El colono alzaba el vaso lleno de un lÃquido lechoso.
—De haber tardado, tal vez ya no me hubiese encontrado aquÃ. Y en todo caso, ni un francés para informarlo.
—El viejo doctor fue quien me dijo que en su finca nacà yo.
—SÃ, la finca formaba parte de la propiedad de Saint-Apôtre, pero mis padres la compraron después de la guerra.
Jacques miraba a su alrededor.
—Seguramente usted no nació aquÃ. Mis padres lo reconstruyeron todo.