El primer hombre

El primer hombre

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—Sí, el padre y los dos hijos degollados, la madre y la hija violadas hasta matarlas… En fin… El prefecto había tenido la malhadada idea de decir a los agricultores reunidos que había que reconsiderar las cuestiones [coloniales], la manera de tratar a los árabes, y que se había vuelto la página. El viejo le dijo que nadie en el mundo dictaría la ley en su casa. Después no aflojó los dientes. Por la noche se levantaba y salía. Mi madre lo observaba a través de las persianas y lo veía andar a campo traviesa por sus tierras. Cuando llegó la orden de evacuar, no dijo nada. La vendimia estaba terminada, y el vino en cubas. Las abrió, fue hasta una fuente de agua salobre que él mismo había desviado en otros tiempos, la apuntó directamente a sus tierras, y transformó un tractor en desmontadora. Durante tres días, al volante, con la cabeza descubierta, sin decir nada, arrancó las viñas en toda la superficie de la finca. Imagínese, el viejo seco zangoloteándose en su tractor, empujando la palanca para acelerar cuando el arado no acababa con una cepa más gruesa que las otras, sin detenerse siquiera para comer, mi madre le llevaba pan, queso y [sobrasada], que engullía pausadamente, como hacía todo, arrojando el último mendrugo para acelerar, y todo eso desde la salida hasta la puesta del sol, y sin una mirada al horizonte de montañas, ni siquiera a los árabes enterados de inmediato y que se mantenían a distancia observándole, sin decir nada tampoco. Y cuando un joven capitán, prevenido por alguien, llegó y le pidió explicaciones, el viejo le dijo: «Joven, si lo que hemos hecho aquí es un crimen, hay que borrarlo». Cuando todo hubo terminado, volvió a la finca y cruzó el patio empapado por el vino que se había escapado de las cubas, y empezó a preparar sus maletas. Los obreros árabes lo esperaban en el patio. (Estaba también una patrulla enviada por el capitán, no se sabía bien por qué, con un amable teniente que esperaba órdenes.) «Patrón, ¿qué vamos a hacer?» «Si yo estuviera en vuestro lugar», dijo el viejo, «me iría al maquis. Son los que van a ganar. En Francia ya no quedan hombres.» —El colono se reía—: ¡Era directo, eh!


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