El primer hombre
El primer hombre —¿Se han quedado con usted?
—No. No quiso oÃr hablar más de Argelia. Vive en Marsella, en un apartamento moderno… Mi madre me escribe que da vueltas por su cuarto.
—¿Y usted?
—Oh, yo me quedo hasta el fin. Ocurra lo que ocurra, aquà me quedo. A mi familia la he mandado a Argel y aquà reventaré. En ParÃs esto no lo entienden. Salvo nosotros, ¿sabe quiénes son los únicos capaces de entender?
—Los árabes.
—Justo. Estamos hechos para entendernos. Tan estúpidos y brutos como nosotros, pero la misma sangre de hombre. TodavÃa vamos a matarnos un poco, a cortarnos los cojones y a torturarnos una pizca. Y después empezaremos a vivir de nuevo entre hombres. El paÃs asà lo quiere. ¿Un anisete?
—Ligero —dijo Jacques.
Poco después salieron, Jacques le preguntó si quedaba en el paÃs alguien que hubiera podido conocer a sus padres. No, según Veillard, aparte del viejo médico que lo habÃa traÃdo al mundo y que vivÃa retirado en Solferino, no quedaba nadie. La propiedad de Saint-Apôtre habÃa cambiado dos veces de mano, en las dos guerras habÃan muerto muchos obreros árabes, habÃan nacido muchos otros.