El primer hombre

El primer hombre

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—Aquí todo cambia —repetía Veillard—. La cosa va rápido, muy rápido, y uno olvida.

Pero era posible que el viejo Tamzal… Era el guardián de una de las fincas de Saint-Apôtre. En 1913 tendría unos veinte años. De todos modos, Jacques vería el lugar donde había nacido.

Salvo al norte, la región estaba rodeada a lo lejos por montañas de contornos imprecisos con el calor del mediodía, como enormes bloques de piedra y de bruma luminosa entre los cuales la llanura del Seybouse, otrora pantanosa, se extendía por el norte hasta el mar, bajo el cielo blanco de calor, sus viñedos alineados, con las hojas azuladas por el sulfato y los racimos negros ya, interrumpidos de vez en cuando por hileras de cipreses o grupos de eucaliptos a cuya sombra se cobijaban las casas. Tomaron por un camino privado y cada uno de sus pasos levantaba una polvareda roja. Delante de ellos, hasta las montañas, el espacio temblaba, el sol zumbaba. Cuando llegaron a una casita, detrás de un bosquecillo de plátanos, estaban empapados en sudor. Un perro invisible los acogió con ladridos rabiosos.

La casita, bastante destartalada, tenía una puerta de madera de morera cuidadosamente cerrada. Veillard llamó. Los ladridos redoblaron. Parecían venir de un pequeño patio cerrado, del otro lado de la casa. Pero nadie se movió.


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