El primer hombre
El primer hombre —Reina la confianza —dijo el colono—. Están, pero esperan. ¡Tamzal! —gritó—, soy Veillard. Hace seis meses vinieron a buscar a su yerno, querĂan saber si abastecĂa a los maquis. No se ha vuelto a saber nada de Ă©l. Hace un mes, le dijeron a Tamzal que probablemente habĂa querido evadirse y que lo habĂan matado.
—Ah —dijo Jacques—. ÂżY abastecĂa a los maquis?
—Puede que sĂ, puede que no. QuĂ© quiere usted, es la guerra. Pero eso explica que en el paĂs de la hospitalidad las puertas tarden en abrirse.
Justamente, en ese momento la puerta se abrĂa. Tamzal, un hombre bajo, el pelo [ ],[114] con un sombrero de paja de alas anchas y un mono azul remendado, sonreĂa a Veillard, miraba a Jacques.
—Es un amigo. NaciĂł aquĂ.
—Entra —dijo Tamzal—, tomaremos el té.
Tamzal no se acordaba de nada. SĂ, tal vez. HabĂa oĂdo a uno de sus tĂos hablar de un administrador que se quedĂł unos meses, fue despuĂ©s de la guerra.
—Antes —dijo Jacques. O antes, es posible, Ă©l era muy joven en aquel momento, Âży quĂ© habĂa sido de su padre? Muerto en la guerra.
—Mektoub[115] —dijo Tamzal—. Pero la guerra es una desgracia.